El piloto colombiano Roberto José Guerrero tuvo una relación muy especial con las 500 Millas de Indianápolis, desde su debut en 1984. “Los altos más altos, y los bajos más bajos” como lo cuenta él mismo.

Luego de pasar dos temporadas en la Fórmula 1, las primeras para un piloto colombiano en la historia, Roberto José Guerrero cambió de campeonato y viajó a los Estados Unidos para hacerse un lugar en la Indycar Series (entonces llamada Serie CART) en la temporada 1984.

Con el apoyo de su jefe de equipo en Ensign y Theodore F1, el renombrado ingeniero Morris Nunn, Guerrero debutó en la Indycar con el equipo Bignotti-Cotter Racing, la escudería que ganó con Tom Sneva las 500 Millas de Indianápolis un año antes.

Y fue precisamente en la Indy 500 donde comenzó a mostrar su verdadero potencial, aquel que injustamente no pudo dar a conocer en el mundial de Fórmula 1 por las precarias máquinas con las que condujo en 1982 y 1983.

Con un segundo puesto y el título de “Novato del Año” de la Indy 500, Guerrero fue ganando experiencia rápidamente con los autos de Indycar y con las 500 Millas de Indianápolis, colocando en 4 años cuatro grandes resultados donde su peor final fue el 4to lugar de 1986. Tercero en 1985 y nuevamente segundo en 1987 -en una carrera donde estuvo a menos de 15 vueltas de ganar- le mostraron al deporte colombiano que Roberto era un talento deslumbrante y un valuarte para el automovilismo colombiano.

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Dos victorias en la temporada 1987 de Indycar, sumado a otros grandes resultados y una consistencia notable, lo colocaron en el listado de candidatos a ganar el título de la Serie en aquel año. Pero todo acabaría de un golpe… literalmente.

Un accidente mientras realizaba un test privado con su equipo Granatelli Racing Lola, lo dejó 17 días en coma, y aunque se recuperaría de sus heridas gracias a un tratamiento prácticamente experimental realizado por el Dr. Steve Olvey, el director médico de Indycar, sus chances de ganar el título se esfumaron en aquel año.

Sus participaciones destacadas continuaron en las temporadas venideras, aportando su experiencia y conocimientos a los proyectos de Alfa Romeo y Buick en el automovilismo de Estados Unidos. Y fue precisamente con esta última marca que daría una gran noticia en 1992, cuando obtuvo la pole position -con récord de pista incluido- para la Indy 500. Con un auto inmaculado para la velocidad y dando cátedra de manejo, Roberto volvió al primer plano del automovilismo tras colocar un promedio de clasificación por encima de las 232 millas por hora.

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Esa alegría le duraría poco en carrera, de hecho ni siquiera tomó la partida de aquella edición 76 de las ‘500’, pero su nombre volvió a ser noticia aquel año luego de su accidente del 87.

Con el correr de los años, Roberto José Guerrero continuó siendo un piloto valorado por los equipos y querido por el público y sus colegas en el paddock. Su actitud alegre y su gran capacidad para preparar los autos lo dejaron para siempre referenciado como un profesional en la materia, y para el deporte colombiano, como una de sus figuras históricas y quien abrió la puerta grande del automovilismo de nuestro país. En gran parte gracias a Guerrero, es que llegamos a tener a cinco de nuestros pilotos colombianos disputando la Indy 500 en el siglo XXI.

Los altos y bajos, como dice Roberto, han formado su carrera, si. Pero también han dado forma al deporte motor colombiano, y sus historias y resultados estarán enmarcados para siempre entre los logros más destacados de nuestro automovilismo.

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